En primera persona: Un periodista y las explosiones de Río Tercero

Marcelo Zona en las calles de Río Tercero el 3 de noviembre de 1995. Fotografía de Roberto Babalfi.

Era una mañana como todas las demás ese 3 de noviembre en la escuela donde estaba realizando mis prácticas docentes, carrera que cursaba mientras ejercía la profesión de periodista, y avanzábamos en la organización de un viaje de estudios al Cerro Pelado, cuando de repente una compañera ingresa a la sala donde estábamos reunidos y se despacha con la noticia de las explosiones de la fábrica de Río Tercero.

No era aún media mañana y tampoco estaban disponibles en ese entonces, año 1995, todos los medios de información actuales. Bajé rápido a la mesa de entradas, pedí una llamada al diario y me confirmaron el hecho, pero, además, pregunté si se iba a enviar periodistas para hacer la cobertura. Pese a que yo era de la sección Deportes, me ofrecí para ir (sabía que a esa hora no era mucha la gente que estaba en la Redacción).

Volví con mis compañeras, le confirmé la explosión –lo que dejaba en suspenso el viaje con los alumnos–, llamé a mis viejos y les avisé que partía a Río Tercero. En el camino a El Diario me detuve en el trabajo de mi novia (hoy mi esposa) para comentarle que me iba. Llegué a la redacción y en cuestión de segundos estaba arriba del Fiat Regatta del “Negro” Babalfi junto con el “Negrito” Díaz Barraza.

Carlos Díaz Barraza, Roberto Bafalfi y Marcelo Zona, distinguidos en el Cispren por su cobertura periodística de la explosiones en Río Tercero.

En el viaje fuimos charlando de muchas cosas, pendientes de la información que llegaba a través de la radio, pero nos ganó el silencio cuando llegamos a Tancacha y comenzamos a observar las primeras imágenes de la tragedia. Mucha gente se veía a la sombra de los eucaliptos del ferrocarril y mientras avanzábamos por la ruta, a ambos costados, cabizbajos, desorientados y con miradas perdidas cientos, miles de riotercerenses, en un éxodo literal, se alejaban de su ciudad sólo con lo puesto.

Entrar a Río Tercero fue hacerlo a una ciudad fantasma, más impactante aun para todos aquellos que de manera habitual la cruzábamos para ir a las sierras. Nada absolutamente nada se veía en sus calles… ni los perros. Sólo ventanales rotos, persianas voladas, puertas retorcidas. Era una ciudad desierta. Se percibía que un halo de tragedia la sobrevolaba.

Fuimos avanzando por el trayecto que marcaba la ruta hasta que en un cierto punto Roberto dijo «acá bajamos». Estacionó y con su habitual parsimonia preparó varias máquinas fotográficas, se parapetó con ellas y me dio una tercera. Así fue como comenzamos a desandar las calles que nos llevarían al epicentro de la tragedia, el barrio Escuela, el más próximo a la Fábrica Militar de Río Tercero, donde las imágenes ya eran dantescas, puntualmente el calco de un escenario de guerra con cientos de grandes y pequeños proyectiles esparcidos por las calles, carcasas de los mismos incrustadas en las calles, en los autos o dentro de las viviendas… obuses… esquirlas… detonadores. Maderas de puertas y ventanales, vidrios, ropa y escombros por todas partes… Nadie absolutamente nadie por las calles.

Avanzamos los tres sin pensar, en busca no sólo de la foto, sino de algo. En el camino nos cruzamos con colegas de otros medios y una que otra ambulancia. Hasta que dimos con un policía, a resguardo de una pared. Él fue quien nos dio las primeras indicaciones, tengan cuidado con éstos y con aquéllos. “Éstos y aquéllos” podían explotar. Mientras tanto, las explosiones en la Fábrica se sucedían, con distinta intensidad. Algunas más fuertes que otras. Muy fuertes.

Llegamos hasta un punto en el que un soldado ya no nos permitió avanzar. A cuatro o cinco cuadras de la Fábrica y al volver fue cuando dimos con los primeros testimonios de los afectados. Un hombre removiendo los escombros de su casa… Más adelante un perro nos torea y escuchamos la voz de su dueño llamándolo, nos acercamos y ahí estaba él, sentado en la punta de la mesa de la cocina de su casa, nos invitó a pasar y se disculpó por no convidarnos un mate, la pava estaba en la cocina, el mate sobre la mesa, los platos desparramados por todas partes, algunos muebles caídos… Nos costó en este y otros casos apretar las teclas del grabador para tomarles su testimonio.

Lo que veíamos no dejaba de sorprendernos. Un Renault 12 con un agujero enorme en el techo y un proyectil en el asiento del conductor… Una escuela con las carpetas abiertas sobre los bancos, papeles desparramados. Y las explosiones que seguían sucediéndose. El estrago no dejaba de impactarnos a cada paso.

“Ya llega Menem”, nos dijo un colega cordobés y raudamente partimos al Aero Club. Bajó el helicóptero, pero iba a hablar en la Municipalidad, hacía allá partimos. En el remolino de gente quedé al lado de Martín Balza, el jefe del Ejército, imponente por su estatura. Intenté preguntarle algo, no sé si me ignoró o no me escuchó. De repente un ser bajito cruzó delante de mí: el entonces presidente. Por una cuestión de espacio, sólo ingresó Babalfi a la conferencia de prensa, Díaz Barraza y yo nos quedamos en la puerta y algunos colegas iban retransmitiendo lo que adentro se decía, en realidad lo que el riojano declaraba con una seguridad pasmosa: “Fue un accidente”.

Ya no quedaba mucho por hacer. La tarde empezaba a caer y emprendimos el regreso. Ya de noche nos sentamos frente a las teclas de las Olivetti, y Babalfi en su laboratorio. Carlos Díaz Barraza, una muy buena pluma, se encargó de la nota central, yo de desgrabar y darle forma a los testimonios. Poco después de la medianoche terminamos. El día fue largo, pero aun así esperamos algunas horas más para tener en nuestras manos un ejemplar y ver el producto del trabajo de una experiencia periodística inolvidable.

Por Marcelo Zona.

Dedicado a la memoria de dos grandes amigos: Carlos Díaz Barraza y Roberto Babalfi.