Durante décadas, para muchos villamarienses, sentarse frente a Julio César Pringle fue mucho más que buscar el brillo perfecto para un par de zapatos. Era detener el reloj.
Frente a su cajón de lustrín, el ritmo acelerado de la calle se pausaba para abrir paso a la charla tranquila, al comentario justo, a la ocurrencia oportuna y a esos silencios compartidos que solo se construyen con los años y la confianza.
Julito falleció el pasado viernes 21 de agosto a los 75 años de edad, marcando el adiós de quien fuera reconocido como el último lustrabotas de la ciudad.
Con su partida no solo se despide a un vecino querido, sino que se apaga también el eco de un oficio tradicional que definió la identidad cotidiana de Villa María.
Aquellas siestas en el Club Sarmiento o las mañanas de trabajo en cada esquina componían la geografía humana de un hombre que hizo de la humildad y la constancia su sello indeleble.
Por sus manos expertas pasaron calzados de vecinos comunes y también aquellos que caminaron pasillos, oficinas, reuniones y sesiones legislativas.
Para Julito el trato era siempre el mismo: una mirada aguda del mundo desde el llano, esa sabiduría de quien conoce la calle y observa la realidad desde un lugar que muchas veces pasa desapercibido para el transeúnte apurado.
No solo lustraba: regalaba compañía, escucha y presencia antes de cada jornada importante.
De acuerdo con el registro del servicio fúnebre Paviotti, sus restos no tuvieron velatorio y fueron inhumados el pasado sábado 22 de agosto a las 10:00 horas en el cementerio La Naturaleza, en la vecina ciudad de Villa Nueva.
En una ciudad que sigue andando a paso rápido, las veredas villamarienses guardarán para siempre el recuerdo de aquel compañero silencioso que supo enseñar el valor de parar y conversar. Con Julito Pringle se fue otro pedazo entrañable de la historia local.
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